EL POEMA AL QUE LE DEBEMOS EL NOMBRE DE LA REVISTA:


"Si pudiera lo haría: me rociaba
de pirocromos y canela,
y vivo me
quemaba;
ah,
pero que tu pecho
fuera mi plaza pública.

Imagina: escalarte
nardo a nardo con ardor hasta los ojos,
e inaugurar el día
desde allí…

---Me sueño
este charco de sol
que se pone de pie para cantarte".

-Si pudiera lo haría, de Desiderio Macías Silva

viernes, 30 de marzo de 2012

Tres poemas


Salvador Gallardo (el hijo)


Poema mecánico I

Esta es la última ronda
que hace la luciérnaga.
es el primer relámpago
del gallo.
A esta hora el reloj se duerme.
Te sueño tan despierto,
tan dormido te pienso.
País del exiliado:
¿en dónde te  florecen las fronteras?
El silencio hurgando en la hielera
se ha congelado.
¿Por qué las hojas no se visten
con su marzo aéreo?
Grito y olvide tu nombre,
lloro y en el buró
mis párpados
se fugan a las manos.
A mí, a mí el árbol
pero si está mudo
y en su rama el fruto
del ahorcado.

1957 México, D. F.

Poema mecánico II


Las hormigas del tacto
llevaban hojas de brisa
por la canícula de la cama.
Luego cayó el ladrido
del último sueño
y despertó sobresaltado
el sombrero clavado en el perchero;
mientras los maniquíes
 se rascaban los tornillos
a un ritmo de rumba
arrabalera.
Adiós gritó
la una de la mañana
agitando su mano fluorescente
en el reloj,
a tiempo de vestirse
con el traje prestado
de las dos.
Adiós…

28 de julio de 1956 México, D. F.


POEMA MECÁNICO III


LOS SUEÑOS


Mientras leía un libro de poemas
me clavó su jeringa hipodérmica el sueño,
enfurecidos torrentes de morfina
tomaron mis ojos por asalto.
Mis párpados cayeron como pesados telones
de un teatro frívolo
y en un desorden lógico de hormigas tentaleando
con frágiles antenas, treparon a mi cerebro
los deseos y los temores reprimidos.
Mi bajo vientre,
como hiena insaciable, atada a un árbol,
cansada de morder el vacío, destrozó su sombra.
Qué infinito es el lecho del soltero,
qué cruel la noche,
la noche es la alcahueta que abre la ventanas,
ayudada por el viento,
para escombrar los cuartos
con olor a cabello húmedo, a sudor y a huerto.
y para que entre la luna descalza
a recorrernos con su lengua fría,
desde los pies a la almohada;
mientras un rebaño de delfines ciegos
se asfixia entre estertores en la playa.
Estertores de la muerte,
que gime, empuja y que trata
de probar si el sastre le hizo
nuestro esqueleto a su talla.
Los sueños son la compra
de una muerte en abonos.

México, D.F.28 de julio de 1956

Suspiros de azucena

Laura Trujillo Murillo 

-¿El sacristán?
-No.
-¿El diácono?
-¡Qué no!
-¿El padre Roberto?
-¡Ay no Estela, no!
            Se te cae el plato al suelo y se hace pedazos. Ahora sí se pasó, sabes que siempre es igual de insidiosa, que siempre es ella la de los chismes, pero ésta vez no quieres decirle la verdad; no porque te asuste que digan que haz sido tú la que corrió el rumor, sino porque la escena no te queda muy clara todavía.
            Estabas concentrada en morderte las uñas, cuando diste vuelta en la esquina, ibas a casa de Doña Rebeca, a darle su barrida de los martes, cuando viste esas dos sombras forcejeando en el marco de la puerta del Dispensario; por un momento te atreviste a pensar que era el diácono –como bien sospecha Estela– pero luego de fijarte bien, se te hizo conocido el porte; a la primera sombra la hubieras identificado en cualquier sitio, era Rosa, la hija del boticario, que furiosa salió por el otro lado de la calle; la segunda sombra era la que te hacía santiguarte cada media hora cuando te acordabas.
            Estela se iba a quedar ahora en la casa hasta que le dijeras la noticia completa, por eso es que nadie la invita a tomar café, porque de seguro será una conversación larga y molesta. Te inclinas para recoger los pedazos del plato, revisándolo te das cuenta que es uno de los de la vajilla de tu tía Diana, te muerdes el labio y reniegas por dentro, era una vajilla de porcelana fina traída de París cuando tus bisabuelos se fueron de luna de miel, ahora estará incompleta y ni cómo conseguir un plato parecido. Suspiras sabiendo que Estela te mira mientras se lleva a la boca el segundo bocado de pastel de elote que le invitaste por educación, el sol que entra por la ventana denota que es tarde y que si no te das prisa, Doña Rebeca se va a enojar por tu retraso.
-Estela tengo que ir con Doña Rebeca, hablamos luego.
-Pero, es que no me dijiste quién era.
-Ni te lo voy a decir.
-¡Ah no! A mi los chismes completos Azucena.
-¡Cuáles chismes completos!... yo no soy una argüendera como tú, si te conté fue no más porque me viste rara y me sonsacaste las cosas… haz el favor de irte que luego hablamos.
-Pero Azucena…
-¡Pero nada!… anda que tengo prisa… llévate el pedazo de pastel, te lo acabas en tu casa, como te acabas a María la de la tienda.
-¡Azucena!
-¡Tengo prisa Estela!… ¡Tengo prisa!
            Sí, le cerraste la puerta en la nariz con toda la mala educación que tus hermanos aluden a tu padre, pero no te importa, tienes cosas más importantes qué hacer; tomas el libro de oraciones, el rosario de mamá y la bolsita con las velas, el huevo, el aceite y las ramitas de huizache. Corres a la puerta cierras como siempre, simulando que haz puesto el seguro, porque como papá decía: No hay casa más segura que la que se queda abierta, con todas las trazas de estar cerrada. Llegando a la esquina de la botica, alcanzas a ver a Rosa, que pesa en la báscula lo que parece ser harina, te mira sonriendo y hasta levanta la mano para saludarte, se te hace imposible que tenga tu misma edad, con esos senos cuatro copas más grandes que los tuyos y esa forma de besar.
Levantas la mano para saludarle, le dedicas una cándida sonrisa y echas a andar con más fuerza todavía, es una fortuna que no se te escaparan los nombres de las dos sombras, porque seguramente Estela ya los habría difundido y Rosa lejos de saludarte, te estaría partiendo el hocico.
            Miras el reloj del campanario, vas con dos minutos de retraso, aprietas el paso decididamente y te cruzas en el camino de don Ramiro el lechero, que anda en su carreta todavía acabando de repartir los quesos; cuando te pregunta si vas a querer cuajada, le dices que sí, que pase a dejarla mañana y le pagas el domingo. Chuchito, el pequeño de Don Alejandro el herrero, sale de la casa de Patricia, llevando en las manos un piecito de ruda, porque seguramente su mamá la ocupa para algún tecito especial. Como si de una maldición se tratara, al pasar frente a la Primaria te llevas el dedo a la boca y empiezas a morderte la uña, te pones rígida y aceleras el paso; siempre es lo mismo, no puedes quitarte el pánico cuando ves la ventana de la Dirección, cuando ves esas cortinas, esos vidrios, esa luz...
            Das vuelta en la esquina, pensando que definitivamente no vas a llegar a tiempo y que Doña Rebeca se va a enojar de más; el sonido de tus pasos es hueco, insistente, estiras la pierna para saltar el hoyo que hay en el cemento frente a la bodega de la iglesia, cuando unas manos te prensan por la cintura y te atraen contra la puerta del Dispensario. Son unas manos delgadas, suaves, tibias, que te envuelven con unos roses sigilosos y absorbentes, oyes la respiración agitada y cuando te vuelve hacia sí, ves sus ojos negros de largas y onduladas pestañas, caes en la cuenta de que sí es quién pensabas y casi sonríes triunfal al confirmarlo; te presiona contra el muro, llevando sus manos por tu cintura hacia arriba, hacia tus senos, con una suavidad desesperante; no sabes si sentir miedo o gozo, porque a tus 20 años, nunca nadie te ha tocado así.
Sientes el candor de su cuerpo, el rose de sus manos y sus labios sobre tu cuello, se te eriza la piel al punto que tienes la apariencia de una gallina desplumada, sonríe, sonríe anhelante; te aborda más la excitación cuando sientes su pecho pegado al tuyo y se te nubla la vista cuando muerde el lóbulo de tu oreja, se te va el aire y sueltas la bolsa de tus instrumentos de trabajo. No sabes por qué, pero levantas las manos que permanecían pegadas al muro, crispadas, y buscas sujetarle la cabeza, cuando lo logras reacciona con temor e intenta alejarse, pero le besas, le muerdes los labios sorpresiva y sientes que se estremece irresistiblemente.
-¿Qué pasa ahí?
            Se han quedado esperando, se miran sin saber qué hacer, te dan ganas de tomarle la mano para que no se asuste y calmar las cosas, darse su tiempo para pensar lo que pasa, pero sus ojos se han puesto a temblar nerviosos y no se detienen a mirarte como quisieras.
            -¡¿Qué pasa?!
            Esta vez se ha sacudido de pies a cabeza, presurosamente toma la manija de la puerta y la abre con tropiezos; sin saber por qué, llevas tu mano a la suya en el pomo de la puerta y la sujetas antes de que entre, se vuelve; no puedes decir nada, la garganta no te da para nada y apenas atinas a suspirar. Desorbita los ojos, el suspiro le ha causado algo que no puedes entender, casi piensas que se pondrá a llorar, porque sus ojos se ponen vidriosos. Tragas saliva y oyes los pasos que vienen, le sueltas y de un paso se mete en el Dispensario, para cerrar luego con tanta suavidad, que nadie ha escuchado el ruido.
            -Azucena…
            Miras los ojos del sujeto ante ti, es Gonzalo el hijo de Doña Rebeca, que seguramente ha salido a buscarte por orden de su madre; te mira sorprendido, no es para menos, llevas la blusa levantada a media panza, el cabello revuelto y los ojos desorbitados, mientras sigues suspirando, porque no puedes gemir o hacer otra cosa. Se acerca presuroso.
            -¿Estás bien?
            Asientes con lentitud, mientras sales del marco de la puerta, te parece mentira que hayan pasado tantas cosas en tan poco tiempo, Gonzalo te toma con cuidado y te lleva a su casa sin decir nada; te sienta en la sala y te da un vaso con agua, tú todavía no puedes dejar de pensar en lo ocurrido, en que de verdad hayas tenido razón al pensar que esa persona era la que había agredido a Rosa, ahora el problema es que tú eras la nueva víctima. O victimaria.
            Te repones con facilidad cuando logras suspirar un par de veces más, atiendes como debes a Doña Rebeca y cuando Gonzalo te pregunta por lo que ha pasado frente al Dispensario, te limitas a decir que sufriste un mareo, él te mira renuente, no te cree ni media palabra y tiene razón en hacerlo, tú tampoco te crees. Al fin admites que puede haber sido un ataque, uno de esos que le daban a tu hermano Javier; Gonzalo, conocedor de esa situación, se pone lívido y te abraza con fuerza, no sabes qué decirle, porque su abrazo es tan frío que borra el rastro de lo ocurrido minutos antes y ahora sí te da pánico. Te pide que te cuides y te acompaña hasta la Primaria, ahí te vuelve a abrazar y contienes la respiración para que su aroma no reemplace al otro, pero no lo logras, se te está esfumando el perfume de encierro, de silencio y seriedad; sigues sola rumbo a casa, con la mirada clavada en el suelo, al pasar frente a la iglesia, el campanario te saca de tus pensamientos revueltos, al volverte a la puerta, alcanzas a ver tres figuras, el padre Roberto, el diácono Juan y la hermana Gabriela.
            El primero es un hombre de unos cincuenta y tantos, rígido y serio como no haz visto otro, con unos ojos azules acabados por la lectura y la reflexión de la palabra de Dios; el segundo es un joven risueño y jactancioso, de cabellos ralos y despeinados, más enfocado en buscar buenas amistades que en salvar almas. Pero la hermana Gabriela es ahora quien se gana tu atención total, una mujer hermosa de unos 26 años, piel blanca, rostro dulce, mejillas sonrojadas por un acaloramiento que de pronto no comprendes, sus ojos negros de pestañas rizadas perfectas se han vuelto hacia ti en un fugaz momento. Sus miradas chocan, tus ojos la escrutan, los suyos tiemblan, parece estar esperando algo, quizá que corras o que grites, tú te limitas a suspirar.
            Sigues tu camino sintiendo su mirada, llegas a casa luego de unos pasos, abres la puerta con cuidado, al cerrar aún distingues su figura en el pórtico de la iglesia, con su hábito y sus manos entrelazadas sobre el regazo; te atreves entonces a levantar un poco la mano, mover los dedos en un gesto que podría pasar por un saludo, ella asiente dulcemente, con una sonrisa suave y casi inexistente. Tal vez la haz imaginado.
            Cierras sin poner seguro alguno, vas a la cocina con la idea de preparar café, va a ser una larga noche, sobre todo considerando que no eres precisamente creyente; te sientas a mirar por la ventana mientras tejes una servilletita con aguja de gancho para una mesa. Al caer la noche, oyes pasos en el zaguán, sonríes, la puerta tenía todas las trazas de estar cerrada.

Febrero 2010

Caminos paralelos: Esbozo histórico comparado entre el español y el italiano

Paloma Mora


La lengua es en esencia movimiento, cambio y variación. Las lenguas que están en uso actualmente tienen una historia llena de cambios y obtienen su vitalidad al acompañar a los diversos grupos de hablantes en sus transformaciones culturales o históricas. Se percibe la riqueza en un idioma al estudiar sus variantes geográficas y sociales. El alcance de la habilidad comunicativa del hombre ha sido explicado por el último genio de la lingüística, Steven Pinker, al afirmar que
Una lengua común conecta a los miembros de una comunidad con una red de información compartida con unos formidables poderes colectivos. Cualquiera se puede beneficiar de los toques de genialidad, los golpes de fortuna o el saber espontáneo de cualquier otra persona, viva o muerta. Además las personas pueden trabajar en equipo, coordinando esfuerzos mediante acuerdos negociados. Como consecuencia de ello, el homo sapiens es una especie, que sin ser muy distinta de las algas marinas o las lombrices de tierra, ha originado cambios perdurables en este planeta[1].

Reflexiones similares se llevan a cabo constantemente en las clases de lingüística de nuestra universidad; temas sobre la conciencia lingüística y el establecimiento de relaciones de poder, la fluctuación ortográfica en el español mexicano, y la historia del idioma castellano y su parentesco con otras lenguas romances reflejan el interés de los jóvenes por conocer más sobre el idioma, tanto en su evolución histórica como en su aspecto sincrónico.
            Como la mayoría de los alumnos de nuestra universidad toman cursos de alguna lengua extranjera , he considerado interesante presentar un pequeño esbozo histórico de dos lenguas emparentadas: la española y la italiana; pero no sobre su evolución lingüística, que para tal empresa se necesitan varios doctorados y muchas vidas. Solo intento compartir algunos aspectos culturales que han logrado que las lenguas en cuestión  posean su estatus como lenguas frente a otras del mundo.
Hasta el día de hoy, conocemos que el español y el italiano actuales tienen su origen en variantes geográficas del latín vulgar. En Italia, la latinización no fue un hecho uniforme, sino “un fatto eminentemente popolare, frammentario, inculto[2]. Y las pruebas de este latín se encuentran en las correcciones de las gramáticas latinas, en inscripciones y en la presencia actual de los diversos dialectos emparentados. Así fue como se originaron dialectos surgidos del latín vulgar en toda la península itálica que conocemos hasta el momento: el toscano, el véneto, el friulano, el romano y el siciliano. Sin embargo, durante la historia posterior no todos correrían con la misma suerte ni gozarían del mismo prestigio.
Dentro de estos dialectos, el toscano es el que guardó una distancia más cercana con el latín clásico, manteniendo sobre todo un léxico extenso y variado; y se mantuvo alejado del latín gálico de casi toda la Italia septentrional y del latín umbro sanítico (meridional y central).
Durante ese periodo aparecen las primeras palabras que anuncian el “italiano” y que se refieren a la vida cotidiana y familiar de los habitantes de la península, quienes tomaban términos latinos y los deformaban según su pronunciación. Dentro de esta evolución aparecen los primeros textos escritos en lengua vulgar, se trata del poema Gesta Berengarii y de algunos ejemplos en un códice de la Biblioteca capitular de Verona.
El estudio de la historia de la lengua española marca su inicio con las invasiones de los ejércitos romanos sobre la península ibérica durante la extensión del imperio. Tras la romanización vendrá la invasión de los pueblos del norte de Europa desde el 409 y consigo una nueva aculturación. A este periodo se le conoce como la España visigótica, que comprende poco más de trescientos años (409-711).  Los visigodos, como los romanos, también portaban su cultura y lengua particulares; y enriquecieron nuestra lengua. Principalmente aportaron voces toponímicas, nombres y palabras referentes a la guerra.  Otro aspecto muy importante fue la aportación de una épica primitiva a nuestra literatura y las características de este género.
El final de la era visigótica se marca a la llegada de los árabes a la península, cuando el último rey visigótico llamado Rodrigo intenta enfrentar  la invasión de los árabes, lo que termina en la famosa derrota de la Batalla de Guadalete ganada por el ejército árabe y beréber comandado por Tarík. Para el año 718 casi toda la península se encontraba bajo la dominación árabe, y esta etapa fue la más larga en la historia de las dominaciones: más de siete siglos. Durante todo este tiempo fue mucha la influencia de los árabes en la cultura hispánica, visible en las edificaciones del sur de España, en la gastronomía, la música, la jardinería, joyería, alfarería, economía y las ciencias.
Pero esta época de no duró eternamente, los pueblos del norte de procedencia goda (los mismos del rey Rodrigo), rompieron la paz al comenzar lo que se conoce como guerras de reconquista. Ésto es, la recuperación del territorio árabe de España a manos de los ejércitos de los reinos cristianos del norte.
            Con este acontecimiento se marca una nueva etapa en la evolución del español, en donde se daría forma a todos los componentes mencionados anteriormente para establecer poco a poco la lengua nacional.
Mientras en la península hispánica se anunciaban tiempos de guerra, en Italia se gozaba de cierta tranquilidad lo que favorecía el crecimiento de otras actividades como el comercio y el florecimiento de la cultura. Las cortes italianas, primero la Siciliana y luego la de Venecia, cada vez más ricas, impulsaban le literatura regional escrita en los dialectos locales; y al final del siglo XIII, la región toscana comenzó a gozar de popularidad y riqueza económica, lo que atrajo a artistas que buscaban lugar para desarrollar su arte.
Dentro de la tradición poética y de la teoría lingüística aparece Dante Alighieri con su defensa por el vulgar, problema que reflexiona y trabaja con gran empeño.  Dentro de su De vulgari eloquentia (cerca del año 1308) expone su postura sobre la cuestión de la lengua, la primera polémica es la defensa de la lengua vulgar ante el latín pues la define “como piú nobile del latino perché preso da natura e non imparato per arte.” (como más noble que el latín porque fue tomada al natural y no aprendida por arte)[3]. La segunda afirmación es la preferencia del vulgar regional ante el francés y el provenzal que para entonces tenían mucho prestigio en Italia.
En este tratado, Dante realiza un minucioso estudio dialectal, en el que menciona la existencia de catorce vulgares de los cuales el boloñés ocupa el lugar más alto debido a su suavidad y elegancia, mientras que el romano se encuentra en el lugar más bajo, y ni siquiera menciona el siciliano.  Hace mención también de un “vulgar ilustrado”, que no es sino un ideal que podría ser usado dentro de la literatura. Sin embargo, Dante no persiguió este objetivo sistemáticamente; la misma Divina Comedia debía estar escrita bajo este ideal, pero a final de cuentas se trató de una mezcla con la base del dialecto florentino, algunos latinismos y otros dialectos.
Aun así, con su obra fundó los inicios de una lengua que posteriormente serviría como modelo para construir la lengua nacional. Pero queda la pregunta acerca de la elección del florentino por Dante para la realización de la Divina Comedia; Giacomo Devoto menciona tres razones que explican esta elección.  La primera es de orden político, el dinamismo de la ciudad tras su victoria en la batalla de Campaldino en 1289, lo que derivó en un gran desarrollo económico de Florencia dentro de la región toscana, por lo que dejó de ser una ciudad alejada y vieja.  La segunda es la posición geográfica de Florencia en el centro de Italia, donde “Un modello di lingua letteraria poteva irradiare senza superare ostacoli troppo numerosi o lontani.” (Un modelo de lengua literaria podría irradiarse sin enfrentar múltiples obstáculos)[4].
La tercera razón es de tipo funcional, consistía en que, siendo lejana ya del latín, la base florentina contenía numerosas palabras cercanas a esta lengua que eran necesarias para el desarrollo de textos literarios y técnicos con la cuales el vulgar aún no contaba.
Con el siglo XV comienza la lucha por elevar el estatus del dialecto florentino, y a partir de 1414 se da el carácter obligatorio al uso del vulgar local en los tribunales comerciales. En ese mismo año aparece el Certame Coronario, el cual era un debate poético que intentaba darle posición al vulgar. Allí aparece un texto de Leon Battista Alberti, el Trattato della famiglia, e intenta crear con su escritura un vulgar a un nivel elevado pero liberado de latinismos y abierto a los vulgarismos.
A partir de entonces aparecerán muchos  textos de temas variados escritos en lengua vulgar, con lo cual esta lengua dejaría de ser sólo un dialecto prestigioso para iniciar la tradición literaria de la lengua italiana. Leonardo da Vinci escribe su Trattato sulla pittura empleando formas populares; Lorenzo il Magnifico logra desarrollar estructuras sintácticas  similares a las de Dante.  Pero fue la imprenta lo que originó un vertiginoso crecimiento en la difusión del toscano y el florentino en particular. En 1470 aparecen ediciones de la Divina Comedia de Dante y el Canzonero de Petrarca; con ello comienza la estabilidad ortográfica imponiéndose por toda la región.  Para entonces en Roma ya el toscano era muy apreciado dada su producción literaria, y el romano se tenía cada vez en menor estima al representar un nivel social bajo.
Con la enorme difusión del florentino, se inició nuevamente la batalla sobre cuál era la lengua que debía ser usada como modelo ilustrado; el latín ya se encontraba en desuso y su empleo generalizado sólo ocasionó irregularidades. Por lo que se debía encontrar una lengua reconocida por todas las clases sociales y se debía difundir por toda Italia. Entonces, Pietro Bembo en su Prose della volgar lingua (1525), propone que esa lengua sea el vulgar, propiamente el florentino; pero el modelo debía ser tomado de los escritos de Dante, Petrarca y Bocaccio. Junto con las teorías de Bembo, aparecen los escritos de Machiavello bajo este ideal; y la primera gramática toscana De la lingua che si parla e si scrive in Firenze (1551) de Pier Francesco Giambullari.
            Otro hecho importante fue el reconocimiento de la Academia florentina en 1541 con el decreto de Cosimo I, y su tarea era traducir todo texto sobre cualquier disciplina al toscano.  Posteriormente, en 1583, se declara oficialmente el nacimiento de la Accademia della Criusca la cual es el equivalente de la Real Academia de la Lengua Española; y el menos de 30 años ya había realizado el Vocabolario degli accademici della Crusca cuya primera edición sale en Venecia en 1623.
            La situación de España fue muy distinta en esos siglos, el contexto bélico retrasó, con relación a Italia, el desarrollo de los dialectos hasta alcanzar un estatus literario. Eso no significa que nada haya sucedido en todo ese lapso de tiempo, por el contrario, estos hechos históricos brindaron nuevas fuentes para la evolución lingüística de España.
La cultura guerrera desarrollada en aquellos años, trajo consigo elementos lingüísticos fundamentales, como los nombres de los reinos: Castilla que en aquellos tiempos significaba “pequeños campamentos militares”, y, León recuerda a las legiones o acuartelamientos. También se germina un género muy español: la épica, la cual tuvo su inspiración en las leyendas que se contaban acerca de sus guerreros cuando éstos se encontraban en batalla.
            La fuerza del Castellano ha ido siempre de la mano con su momento histórico y su producción literaria. Cuando la euforia de los reconquistadores se encontraba en su punto más alto se produce una leyenda que da origen al texto que reconocemos hasta nuestros días como el primero en la historia de la literatura española: El cantar de mio Çid, en donde se narran las luchas entre los reinos de Castilla, León y Aragón, y las batallas contra los árabes.
            En el siglo XIII, ya existían en España una gran variedad de textos de diversos géneros, escritos en su mayoría en romance; pero como no existía ningún sistema único de escritura existía una gran vacilación y excesiva concurrencia de formas. Así, la variación lingüística y dialectal se convertía en un problema al querer escribir todos esos sonidos y formas propias y extranjeras. Las dudas se encontraban en todos lados, principalmente en las grafías de los sonidos sibilantes, de los palatales, y de las labiales (entre la u, la b y la v). La escritura era caótica, no había reglas para la separación de palabras, la posición de artículos y pronombres, el empleo de los verbos, la subordinación y la variedad léxica, estaban por doquier,
            Para fortuna de la lengua española, llegó al panorama uno de los personajes más queridos y respetados (incluso hasta nuestros días), del pensamiento y la cultura españolas, me refiero a Alfonso X, el Sabio, quien durante su reinado (1252-1284), logró dar un lustre nuevo y floreciente a la lengua, la literatura y cultura de su pueblo.  Recogió la tradición famosa de la “Escuela de Traductores de Toledo”, y reuniendo gente sabia y letrada de todos los orígenes, se impuso como tarea dar a conocer a Occidente la cultura oriental heredada en textos que traducía del árabe y del hebreo.
            El trabajo de los traductores de las escuelas fundadas y apoyadas por Alfonso X, fue resolviendo poco a poco las graves vacilaciones lingüísticas, y especialmente en la escritura, logró la normalización de grafías. Así mismo, adoptaron el vocabulario y la sintaxis para lograr la representación más clara de ideas nuevas o complejas. Se crearon neologismos, nuevas conjunciones, y partículas diversas. Este primitivo pero muy extraordinariamente correcto castellano, se refleja en obras de D. Juan Manuel, del Arcipreste de Hita y otros autores que se vieron favorecidos por la famosa Reforma Alfonsina.
            Pero el crecimiento de la lengua y literatura españolas no quedó allí; gracias a la conquista de Nápoles por Alfonso V y el conocimiento de las obras de Dante, Petrarca y Boccacio, así como la revalorización de escritores greco-latinos; la oleada del humanismo italiano llegó hasta España para tomar tintes propios.
            Lingüísticamente se admiraba al latín, y se introdujeron a un formado castellano nuevas voces latinas que se conocen como cultismos, se creaban nuevos procedimientos estilísticos que afectaban el nivel sintáctico como el hipérbaton. De esta influencia se originaron obras como las del Marques de Santillana, la del Arcipreste de Talavera y la cumbre de este periodo marcada por La Celestina.
            El hecho político de la unión de las coronas aragonesa y castellana con el matrimonio de los Reyes católicos (1479), la recuperación de Granada, la expansión española en el mediterráneo y el “descubrimiento del nuevo mundo”, dieron a España el lugar de potencia que dominaba, sino el mundo, sí gran parte de él. La lengua de “los españoles” se iba expandiendo por toda Europa, los embajadores españoles en el senado veneciano podían hablar en su lengua. El español se imprimía por todos lados, en libros, diccionarios, gramáticas y otros textos. Abundaban por Europa maestros de español  y las comedias escritas en España se representaban en otros países. Incluso Carlos V imprecó a un embajador que no sabía hablar español. Fueron grandes siglos para la lengua y cultura de España; no por nada se les conoce como “los siglos de oro”, quizá los más grandes en la historia de esta nación.
   Entonces se produjeron muchas gramáticas, pero la más importante de ellas, por su contenido, momento histórico y dedicatoria es la Nebrija. También se observan factores interesantes como la revalorización y estudio de las lenguas vulgares, la evolución de la lengua hacia una etapa más estable y la extraordinaria floración de la literatura con autores tan brillantes como  Cervantes, Góngora, Lope de Vega y Quevedo, Boscán, Tirso de Molina, Juan Ruis de Alarcón, Calderón de la Barca, Lope de Rueda, Gonzáles de Eslava, Enzina, Gutierrez de Cetina,y otros. Todos estos autores  aún brillan como la mayor gloria de España y sus textos siguen siendo novedosos, grandes y dignos de cientos de estudios.
            Desde la aparición de la Gramática de Nebrija hasta el siglo XVII, muchos fueron los cambios que sufrió el español para ir readaptando sus formas a las necesidades de los hablantes. Se adaptaron muchos americanismos al Castellano debido a la conquista de los pueblos encontrados, evangelizados y adaptados a una nueva cultura. Y se dieron cambios en todos los niveles de la lengua: fonéticos, sintácticos y léxicos. Del mismo modo, estas variaciones, no sólo se veían en España, sino también en las distintas regiones de América que poco a poco iban tomando forma propia.
            Así como los años de invasión árabe y batallas de reconquista habían retardado el desarrollo literario de los dialectos hispanos; la falta de unidad política en Italia causó la imposibilidad de una unidad lingüística a pesar de la gran cantidad de textos literarios producidos desde Dante hasta el siglo XVIII.  Es gracias a la invasión napoleónica en Italia como se logra cierta unidad política, pero para formar parte del imperio francés.
            Es obvia una influencia de la lengua francesa en Italia y en los dialectos existentes en la península; palabras con acentuación aguda como libertà, società, amabilità, especialità, demuestran esta influencia.  Sin embargo, la lengua francesa no fue aceptada por completo en Italia, “la rigidità dell’ordine lógico delle parole, la povertà delle sue derivazioni, la mancanza di diminutivi e superlativi, l’imposibilità di distinguere lingua poetica e lingua prosastica[5], fueron algunas de las causas de este rechazo.
            Otro factor que colaboró con la defensa del italiano fue el gran número de gramáticas normativas que, junto con la Accademia della Crusca, cuidaban y formaban la lengua que ya llamaban “lingua italiana”.  Entre estas gramáticas se encuentran la Dell’uso e dei pregi della lingua italiana (1791 o 72), de Gian Francesco Galeani Napione; el Saggio sulla lingua italiana (1800) de Melcchiore Cesarotti; la Dissertazione sullo stato presente della lingua italiana (1811) de Antonio Cesari; y Regole elementari della lingua italiana (1833) de Basilio Puoti.
            En el siglo XIX aparecen dos grandes escritores que darían nuevas fuerzas a la lengua italiana de tradición literaria, Giaccomo Leopardi y Alessandro Manzoni. El primero fue dedicado poeta que empleaba las formas más correctas de la lengua con un ritmo y estilo depurado y fresco. El segundo estuvo dedicado a las cuestiones de la lengua que ya en una carta a su amigo Fauriel anticipaba los problemas con los que se enfrentaría el italiano para su difusión, mencionando entre las causas la división política de Italia y la visible diferencia entre las clases sociales.
            Tras su independencia del imperio francés en 1861, Italia finalmente se une como una nación bajo la monarquía consitucional de Victor Emmanuele II. Y diez años después Roma sería proclamada como la capital de esa nueva nación. Pero en 1920 Italia comenzaría uno de los periodos más polémicos de su historia: el control fascista bajo el régimen de Benito Mussolini, quien ciertamente fue un duro y criticado dictador, pero que logro mantener unida a Italia durante los años de las dos Guerras Mundiales.

FUENTES

ALATORRE, Antonio, Los 1,001 años de la lengua española. FCE, México, 1989.

DEVOTO, Giacomo y Maria Luisa Altieri, La lingua italiana: storia e problemi attuali. Edizioni RAI, Torino,  1968.

DE MAURO, Tullio, Storia linguística dell´Italia uñita, Editori Laterza, Bari, 1972.

LEPSCHY, Anna Laura y Giulio Lepschy, The Italian Language Today, Routledge,  London, 1988.

PINKER, Steven, El instinto del lenguaje, Alianza Editorial, México, 1995.

SOBRERO, Alberto (ed.), Introduzione all’italiano contemporáneo. La variazione e gli usi, Editori  Laterza, Bari, 1999.

QUETGLAS i NIOLAU, Pere, Elementos básicos de filología y lingüística latinas, Edit. Teide, Barcelona, 1985.


[1] Steven Pinker, El instinto del lenguaje. Alianza Editorial, México, 1995, p. 17.
[2] Giacomo Devoto y Maria Luisa Altieri, La lingua italiana: storia e problemi attuali. Edizioni RAI, Torino, 1968, p.13.

[3] Ibid. p. 37.
[4] Ibid. p. 43.
[5] Ibid. p. 92.

Un libro desunitario

Roberto Bolaños Godoy




[Geney Beltrán Félix, Habla de lo que sabes, Jus, México, 2009, 154 pp.]


I.
Hace ya más de un año leí en el número 129 de la revista Crítica, una reseña de Gabriel Wolfson sobre La noche caníbal de Luis Jorge Boone, en la que refería lo siguiente:
Casi todos en algún momento  hemos caído en la simpleza de elogiar un libro por su unidad, apelando a ejemplos como El llano en llamas o Ficciones y contribuyendo así al gran mito de los libros de cuentos unitarios (lugar común, por cierto de los dictámenes de premios). Pero resulta que casi todas las publicaciones que nos rodean enseñan esa unidad, dada por el estilo, el tipo de narrador, la extensión de los textos o, con mucha mayor frecuencia, por el tema, ante lo cual se concluye: o la unidad del libro de cuentos se da fatalmente (basta que los escriba la misma persona y, por decir algo, en un lapso no mayor a cinco años) o conseguirla no representa mérito alguno (en todo caso, lo que en verdad nos hablaría al menos de destreza técnica sería un volumen cuyos cuentos fueran notablemente distintos entre sí).

Para tales argumentos bien podrían decirse muchas cosas en réplica, se me ocurre por ejemplo: que la evolución de la literatura ha superado desde hace mucho la idea de libro de narraciones como recopilación arbitraria de textos que encuadren en lo que por convención se atribuye a “cuento”, los cuales lo irán conformando según el ritmo y sucesión en su escritura, independientemente de su inconexión mutua. Que hoy en día un escritor no puede darse el lujo de conformar un libro de cuentos bajo las mismas pautas que, verbigracia, Villiers de L'Isle-Adam en su momento, puesto que ya no operaría con la misma efectividad frente al lector. Que es cierto lo que refiere Wolfson sobre la unidad implícita en la obra y subordinada al autor, su estilo, y el lapso de la composición de las piezas que la comprendan, pero que eso ya no resulta suficiente; la razón podría ser simple: las lecturas de Rulfo y Borges vuelven al lector caprichoso y exigente, esperará mucho más de aquello que lee.
Podría yo afirmar también que no apelo a los libros unitarios por cuestión de moda, sino porque creo que los textos deben, ya sea buscarse y dialogar entre sí, o girar en torno a un tema, motivo, ambiente o idea y que la agoten; como sea pero que como conjunto le reclamen al lector su desciframiento. Que Joyce, Cortázar, Elizondo, Zepeda, más recientemente la escritora Guadalupe Nettel son algunos pocos nombres, que se me podrían venir a la mente, de artífices que han apostado por este procedimiento con excelentes resultados.
Podría decir esto y más, pero primero, descreo de la prescripción de cánones, y segundo confieso que me parece más interesante la provocadora idea al final del citado fragmento de Gabriel Wolfson: la disparidad deliberada en un volumen de relatos.
El libro que interesa en esta ocasión ha eludido la artimaña posmoderna de la unidad. No lo veo como una virtud, tampoco como una carencia, los juicios extremistas de la literatura se las reservo a las potestades de la crítica literaria nacional. Lo veo como un rumbo escogido durante la composición, como con cualquier otro procedimiento literario, que si bien medular puesto que determina la estructura de la obra, estamos de acuerdo que no importa la complejidad del entramado unitario, ésta no compensará nunca que los cuentos no se sostengan por sí mismos.

II.
Como lector siempre he tenido la costumbre (no sé si buena o mala, o simple manía) al tener un libro en las manos por primera vez, de empezar leyendo el último párrafo de la última página. Me da la sensación de que eso acrecienta el misterio de lo que leo, me induce a una búsqueda del sentido completo de esas líneas finales leídas prematuramente. La lectura de esta obra no fue la excepción, lo que me llevó a leer desde un inicio -y de seguro contra el efecto que el autor quiso conseguir-, el fragmento, mitad epígrafe, mitad epílogo, de Extracción de la piedra de locura de Alajandra Pizarnik; desoladoras, las mencionadas líneas dicen:
Pero no hables de los jardines, no hables de la luna, no hables de la rosa, no hables del mar. Habla de lo que sabes. Habla de lo que vibra en tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, habla del dolor incesante de tus huesos, habla del vértigo, habla de tu respiración, de tu desolación, de tu traición. Es tan oscuro, tan en silencio, el proceso a que me obligo. Oh habla del silencio.

El fragmento remite sin mayor dificultad, valiéndose del notable modo imperativo, al tan extendido principio de la escritura de la “experiencia”, por llamarlo de algún modo, en pos no sólo de la verosimilitud textual, sino un compromiso del escritor para concretar la honestidad de su expresión en congruencia consigo mismo; aquello que realmente quiere decir y debe hacerlo con total precisión, o como diría  científicamente García Márquez, escribir con las tripas. ¿Habla de lo que sabes de Geney Beltrán Felix es un volumen donde el tema central es esa honestidad ideal del escritor?, yo lo consideraría poco preciso. El título no es una orden, es el principio por el que ha sido conformado, o por lo menos es la idea que el autor ha intentado transmitir.

III.
En realidad, los cuentos no están tan aislados entre sí como pudiera parecer. Tres en particular se acercan mucho a la idea cortazariana de la intrusión de un acontecimiento fantástico (entiéndase inexplicable, supranormal, etc.) en la “realidad”. En el primer cuento “La celda en la ciudad” –alucinante como una noche en Silent Hill, opresivo como una pesadilla de Kafka- el personaje progresivamente se verá inmerso en un desconocimiento total por parte de las personas que conforman su cotidianeidad, donde lo indefinido y desazón devoran al protagonista y lo arrastran hacia un inquietante clímax narrativo. En “Ese mundo de extraños”, un suceso anormal irrumpe en la rutina ordinaria y monótona del personaje, que al verse sin salida termina aceptando resignado la invasión incesante de inquilinos provenientes del baño del departamento que alquila. En “Hondonada”  se conjuga la literatura, un Omar un escritor en potencia que trabaja como mensajero, un Montivont agazapado en su retraída vida de escritor circunspecto, y una caminata sin rumbo que al final llevará a poner en duda, una vez más, las condiciones del mundo, esta vez más cercano a esos sueños extraños de los que agradecemos despertar muchas veces.
Caso diferente es “Keppel Croft”, donde acontece un adulterio cínico; lo completa el recuerdo del cuerpo de la prima Érica a través de las celosías, la joven de facciones finas cortadas en diamante que tanto se la recuerda y una asombrosa escena de sexo que no cae (afortunadamente) en la ridiculez. Aquí las identidades no están del todo claras, los motivos tampoco, su final abierto proporciona un acertado efecto nuevamente por lo indefinido, como si el lector se perdiera solitario en un lago neblinoso sobre una lancha desvencijada.
Los cuentos crueles de este volumen, son los que predominan por cuestión numérica, también por violentos, por intensos, a veces también, por extensos. En “Los perseguidos” la paranoia de un personaje poco a poco proporcionará indicios de la relación entre los tres individuos centrales de la trama (Moreno Flores, Humberto y Porfirio), al final (por piedad, por desesperación, por lástima quizá) uno de los personajes confiesa el crimen que ha cometido sobre otro.
“Anoche soñé que volaba” una de las narraciones de mayor extensión, entrecruza y alterna caminos de la misma historia (la de Joaquín empleado de supermercado, Joaquín obsesionado por la muchacha rubia, Joaquín que vende a su hermana por un arma de fuego, Joaquín y su hermana que inexplicablemente se desviste y queda absorta contemplando el agua del excusado, Joaquín a punto de cometer incesto, Joaquín al final asesino impredecible), juega con los acontecimientos y las perspectivas, presentando una historia intensa, compleja, sobrecogedora.
En “Perdonados por quién” el autor no sucumbe a la barata imitación bumlatinoamericanesca del juego de redacción sin ningún respeto por las sangrías, las mayúsculas y la consecución sintáctica de una línea con otra, sino que despliega un verdadero caligrama narrativo, en el que el juego formal empata la ruptura discursiva con la recreación del momento de un terremoto en plena Ciudad de México, de ese modo, los edificios, los personajes y la estructura del discurso se tambalean simultáneamente, no así la efectividad del relato.
“La hija” es otro entramado progresivo, donde dos historias paralelas se entretejen, se complementan: la del escritor viudo (que explica el guiño rulfiano en el nombre de la hija), alcohólico, sobreviviente por casualidad de la explosión del avión que decide no abordar de último minuto, y al final asesino y fugitivo; también, precisamente la de la hija Luvina, adulta y niña, en busca de su padre cuando se entera de la explosión, que lo busca de nuevo donde se esconde por amor y preocupación, que soporta todo y se vuelve víctima.
De “Sara antes del fuego”, a pesar de tan bello título, en realidad se ve opacada por la mayoría de las historias ya mencionadas, aunque no deje de ser notable la recreación de la situación del padre y el hijo borrachos, machos los dos, y la recreación también de la madre sumisa, los personajes no son planos y eso lo salva de la más vergonzosa falta que cualquier escritor puede cometer: pecar de ignorancia.
Finalmente “El cuerpo de Sicrano” es otra interesante narración en que los acontecimientos se superponen, se interpelan las dos líneas narrativas paralelas y mutuamente complementarias. La de la degeneración inevitable de María, la joven hechizada por la imagen enigmática del cartero anciano. La de Gabriel Sicrano, trabajador del servicio postal, escritor anónimo que solitario emprende la inquietud primigenia del artista, la de dejar huella, la de encontrar en la escritura la justificación de su paso por el mundo, y se topa de frente con la tragedia de escribir: sufre, siente la insatisfacción, la desesperación, la poca confianza en su propia obra que lenta avanza y tiene una sola lectora elegida por él. A los personajes los une entonces un vínculo silencioso: él le escribe, ella lo lee, y ambos llenan sus vacíos. Al final, la distancia gana terreno, la muerte también, peor aún la decisión de no ser leído nunca más por propia (e incendiaria) mano. 

IV.
Como las historias son demasiado distintas entre sí, no sería justo generalizar. Puedo en cambio hablar brevemente de las constantes del estilo. Yo creo que la destreza de un autor empieza a medirse por su aplicación de adjetivos a sus sustantivos, y termina con los recursos para sostener la trama hasta el final, por la aportación en la forma, y la capacidad de doblegar el lenguaje para transmitir, para lograr el efecto deseado, para conmover, para sobrecoger. Geney Beltrán Félix logra abarcar ese abanico con una adjetivación efectiva (aquí un par de ejemplos al azar y las cursivas son mías: “Lo conducía hacia la cama, él se le hundía, pavoroso, cárnico, negruzco…”, o: “era como si la cama fuese una llanura inhóspita con agudos hilos metálicos esperando la dócil espalda y ante su rostro bufara un viento astillado por el frío”). Además, sus narraciones cortas no parecen precozmente concluidas dejándole esa sensación de estar incompletas o de la posible premura de concluir por parte del autor (tal como le pasa a muchos cuentistas), y sus historias más extensas no caen en el tedio o el alargamiento innecesario.
       Con Habla de lo que sabes Geney Beltrán Felix ha conformado un libro de historias sólidas, que no requiere de la unidad para atraer lectores, y que bien vale el regreso a sus páginas para reparar en los detalles dejados al aire de esa primera lectura que casi nunca abarca la totalidad. Esa lectura imperfecta también mía a partir die la que he hablado en esta ocasión, si bien no de todo, pero que por lo menos, y obedeciendo a Pizarnik, espero haberlo hecho de lo que sé. 

Rabia (del latín rabies): enfermedad que se produce en algunos animales y se transmite por mordedura al inocularse el virus por la saliva del animal rabioso

Gabriela de Alba Jiménez




Temo tu mirada agualíquida,
tu sonido sereno cayendo sobre mí,
no soporto la luz que flota en tu sonrisa.
Siento hambre, hervor, locura y miedo;
quiero morderte y besar tu carne y oler tus heridas
y tomarme tu sangre y almorzarme tus pies.

Ahora lo sé, tengo el mal.

Mi boca llora espuma, como tu piel hace deseo;
mis ojos sollozan heladas hebras de lumbre;
las sombras danzan estáticas y se burlan de mí
y se visten de seducciones y promesas,
porque así eres tú:
un eco, una mentira, un cuento
que presumes colores y gritas de ausencia.

Inscribo en mí tus latidos
como el ansia de respirar en el fondo del mar
y nadar en la nada fría y olvidada.

Quisiera ser el reo de tus entrañas, contagiarte.
Pero insistes en vacunarte de mí con abandono,
en lapidar mi demencia con tus pasos airados,
diluir mis burbujas en tu mar colosal,
pinchar mi ombligo con tu aguda belleza,
ignorar mi mácula ante tu perfecta faceta,
trozar mis colmillos con tus labios de mármol…

Amén,
que así sea tu olvido, que así quede escrito,
y si prefieres, ponle un bozal a mis pecados,
bautízale un nombre a tu indiferencia,
pero no me arrebates mi rabia,
pues prefiero este espumarajo que me seca lentamente
al vacío que tu espectro
ha dejado en las lunas llenas de mi ventana.
Eso amigo mío, eso sí que es rabia.

EXVOTOS


Angélica Martínez Coronel

Redentos
Cuando nos unimos al Círculo ya habíamos tomado parte de la iniciación: parados de frente a la Roca, giramos trescientos sesenta y cinco veces. Al terminar vomitamos hasta sacar solamente el jugo gástrico. Los Dioses nos habían extirpado el mal.

La inteligencia infundida
Una cosa que nos enseñó Dios (como humanos) fue el construir dioses. Así, tenemos Aypods, televisores, automóviles, Internet, celulares…

La inteligencia infundada 2
… ¡Pero no! Mejor dicho, lo importante de Dios es que nos dio el conocimiento para crear a otros muchísimos dioses (o sea TODO) que nos auxilien mientras Él no está disponible.