EL POEMA AL QUE LE DEBEMOS EL NOMBRE DE LA REVISTA:


"Si pudiera lo haría: me rociaba
de pirocromos y canela,
y vivo me
quemaba;
ah,
pero que tu pecho
fuera mi plaza pública.

Imagina: escalarte
nardo a nardo con ardor hasta los ojos,
e inaugurar el día
desde allí…

---Me sueño
este charco de sol
que se pone de pie para cantarte".

-Si pudiera lo haría, de Desiderio Macías Silva

martes, 21 de diciembre de 2010

León

Alberto Chimal

—Pues, la verdad, señor Kustos…
         —Horacio.
         —Horacio, gracias. La verdad es que…, bueno, me va a costar muchísimo explicarle…
         —Entiendo.
         El hombre sonrió.
         —Y yo entiendo lo que usted me está tratando de decir con eso, pero… Es que de verdad es muy difícil. Si pudiera, vaya, no explicárselo con palabras…
         Se quedó en silencio.
         Horacio Kustos hizo un gesto vago que significaba “siga adelante”. Sin embargo, o así le pareció a Kustos, el hombre entendió alguna otra cosa, porque dijo:
—Es que yo no usaba palabras, y ahora, como podrá imaginarse, me cuesta…, no, no, es más, me es imposible…
         —Le entiendo —dijo Kustos para animarlo—. Es decir… Vaya, ¿por qué no comienza…, vaya…, por qué no empieza desde el principio?
         El hombre suspiró y sacudió la cabeza.
         —Ay, señor Kustos…, el principio… ¿Qué le digo? Yo vivía en África. No sé exactamente dónde porque los nombres, vamos…
         —No los conocía entonces.
         —No, ninguno, nada. Ahora he visto fotos y era un lugar…, era sabana, pues, pero no se puede saber…
         —… exactamente dónde —completó Kustos—. No, no por supuesto, hay sabana en muchos lugares.
         —Eso. Para el caso ni siquiera sé cuándo fue esto.
         —¿Y cómo era la…? —Kustos movió las manos— ¿Cómo era el…? —volvió a moverlas, luego se quedó inmóvil, y al fin se dio por vencido: —¿Cómo era? —preguntó.
         El hombre, muy hirsuto pero también de muy baja estatura y grandes incisivos de conejo, le sonrió. Tomó un sorbo de su café, dejó la taza sobre el plato y luego miró hacia arriba.
         —No me aburría nunca. No sabía qué era. Aburrirse. Me quedaba tendido, es decir, la mayor parte del tiempo, salvo cuando era hora de comer o tenía sed o había alguien a quien echar. Del territorio. Sí sabe, ¿no?, la idea es que los tres…, los dos o tres machos de una manada… Suena horrible decirlo así, ¿no? ¿No cree?
         —¿Le suena horrible?
         Entonces el hombre se cubrió la cara con ambas manos. Tardó mucho en descubrirse.
         —¿Alguna vez se ha encontrado con una persona que no lo haya visto por mucho tiempo, y que se queda muy impresionada con todo lo que usted ha cambiado, con lo que ha subido de peso o con cómo se le ha caído el pelo? —Kustos abrió la boca pero no pudo decir nada— A mí me pasa eso conmigo mismo. Y peor. No me reconozco, no me entiendo. Recuerdo… la sensación de levantarme del suelo. De no sentir nada en el vientre. Y luego de avanzar a cuatro patas. Ahora sueño que soy… hombre… y que voy así, que camino así, y me levanto y me pongo en el piso y no puedo, los brazos no son patas… ¿Me está entendiendo? Recuerdo también el olor del agua a medio estancar, de la carne ensangrentada, o de las… las hembras…, o de los machos. Es distinto. Yo era de los que echaban a los machos errantes, los que no tenían manada por viejos o por débiles. Los atacaba y los vencía. No es que los odiara, porque no odiaba a nadie. Tampoco quería a nadie. Me echaba encima de las leonas y era muy… Era muy fuerte. Yo. Y… Era otra cosa, ¿me entiende? Pasaba entre todos para llegar hasta el animal muerto y metía el hocico entre las costillas abiertas y me llenaba todo de sangre mientras arrancaba los pedazos y era maravilloso…, lo que se sentía… Pero es que la palabra “maravilloso” no va. No va ninguna. No le puedo poner a nada de eso…, es decir, a lo que hacíamos…, es decir nosotros, allá…, no le puedo poner las palabras que usamos…, es decir…
         —Que usamos nosotros —dijo Kustos—. Yo, usted, vaya, usted ahora
         —Si yo lo viví y ahora ya no lo puedo imaginar, Horacio, imagínese usted. Yo creo que sí pensaba pero ya no le puedo decir cómo. Olía, escuchaba, sentía, me movía, recordaba, sabía quién era quién, prefería a unos por encima de otros… Me acuerdo de cómo se hacía mi pecho, cómo se estremecía, cómo sonaba… Y un día nada más oí como una especie de trueno; me levanté y no vi nada salvo dos hembras que iban corriendo a unos arbustos; les olí rabia y miedo, y luego olí otra cosa que no sabía qué era entonces pero ahora sé que era pólvora…, y de pronto se me apareció un hombre. Ahí, parado enfrente de mí. Al principio, siempre me daba la impresión de que eran seres muy grandes cuando los veía de frente, porque me parecía que detrás del cuerpo que podía verles tendrían el resto, pero con el tiempo había aprendido a reconocerlos por el olor y a saber que detrás del tronco… no tenían nada, ¿me entiende?, y que podía con ellos.
         Kustos le preguntó: —¿Y entonces?
         —Entonces me mató. Oí los disparos, los truenos, y me caí. Duele horrible. De pronto no se puede respirar y uno nada más mueve las patas un poquito, tiembla, y luego hay que esperar a que pase… Lo malo fue que tardó mucho.
         Los dos se quedaron en silencio, sorbiendo café y mirando alrededor. Hombres y mujeres, solos y en parejas, se paseaban por el parque cercano. Varios llevaban ropa deportiva y trotaban. Más lejos se escuchaba música: un grupo de jazz tocaba cerca de una vieja fuente.
         —Nunca había oído —empezó Kustos—… Se supone que eso de…, de la reencarnación… Se supone que la gente no recuerda.
         —Yo recordé de golpe cuando cumplí los veintitrés años. No me pregunte por qué. Primero pensé, claro, que me había vuelto loco, pero al menos no hice lo que siempre hacen en las películas, que se ponen a tratar a convencer a todos de que esto tan raro que les pasa efectivamente está pasando…
         —Sí, claro —se sonrió Kustos.
         —Y ya. Vivo, me voy a morir, y tengo estos recuerdos… Y soy un tipo cualquiera. Lo único es que los que fuimos…, qué horror, oiga nada más qué estoy diciendo… Los que fuimos Panthera leo
—¿Es el nombre…?
—Científico, sí. Nos reconocemos.
—¿Cómo?
—El otro día, en el aeropuerto, vi de lejos a un muchachito bastante gordo, pálido, con la cabeza rapada y la cara llena de piercings… Me acuerdo bien. Tengo la impresión de que era japonés, venía entre muchos otros y, bueno, yo no sé hablar japonés, pero… Bueno. Lo vi, le digo, y supe. Luego luego supe. No me pregunte cómo. Él era…
—Lo conocía.
—¡Habíamos tenido una camada juntos…! ¿Pero qué se le puede decir a alguien en semejante…? Nos vimos y nos reconocimos, él también, y nos fuimos corriendo, cada uno por su lado.
         Su mano, distraídamente, acarició la cabeza del perro que había estado junto a la mesa, obediente, durante toda la conversación. El animal movió la cola.

























Un poema


Jorge Terrones




Quisiera ser otro que viera lo o la que fue.
Y pasarlo casi desapercibido
o ignorada
y le diera, a lo más,
unas palabras
desde donde nace
la rabia
y la ira
y el colmo de estar vivo.

La movilidad que implica el hallazgo

Silvia Teresa Flota Reyes

Por mucho tiempo se pensó que la lírica romance más antigua había tenido su origen con la trova provenzal, la cual está representada en su inicio por una pluma que se libra del anonimato, Guillaume de Poitiers, abuelo del rey Ricardo Corazón de León, cuyos versos fueron muy valorados por sus coetáneos1. Sin embargo, en 1948, esta creencia es refutada por el desciframiento de veinte jarchas (xarjah)2 qufls o últimos versos de las muaxahats3por el hebraísta Samuel Miklos Stern. Este estudioso revela que tales últimos versos, si bien quedan impresos con alifato4, en realidad, transcriben una lengua aljamiada5.  Así, esta expresión literaria, producto del mestizaje de los pueblos ibéricos y árabes, aparece ante nuestros ojos como el primer testimonio de la lírica en lengua romance, aunque no sin despertar fuertes polémicas entre romanista y arabistas, como bien señala Pedro Martín Baños6, ya que

A lo largo de medio siglo, las jarchas han sacudido el apacible ámbito de la investigación filológica con un rosario de discrepancias, discusiones, desencuentros y hasta ataques y descalificaciones personales —muy poco elegantes, por cierto—, que han venido a añadir más confusión a un campo de estudio de por sí muy confuso7.

         Pero, más allá de toda esta confusión y de los “dimes y diretes” y, aun de la perdida de muchas obras que podrían darnos más luz, las muestras que tenemos de esta literatura son suficientes para provocarnos un vivo interés, tal es así que tres estudiantes de la carrera, en su afán de imaginar como se produjeron las jarchas y los zéjels, buscan en el hacer imitativo de estos modelos la compresión no sólo de un estilo, sino también la cultura que lo generó.
         Es grato para mí presentarlos en este primer número de la revista Pirocromo, y más grato me resulta pensar el que los lectores disfrutarán tanto como yo de esta muestra mezcla de creatividad y curiosidad.



1 (Haré un poema sobre nada:/ no es de amor ni de amada,/ no tiene salida ni entrada,/ sino que lo hallo/ dormitando por la calzada/ en mi caballo ), vid. Lecturas de poesía Clásica, tomo II, Francisco Serrano (ed.), CONACULTA, México, 2001, p.13.
2 La palabra jarcha, significa “salida”. Esta última vuelta de la muaxahat también aparecerá en el llamado zéjel (voz).
3 La muaxahat es un poema árabe-andalusí creado por Muhammad ibn Hammûd apodado “el ciego de Cabra” por ser natural de dicho pueblo, actual provincia de Córdoba. Su etimología es dudosa, pudiese significar  “collar de dos vueltas”,  tiene una estructura estrófica, a diferencia de la poesía clásica árabe,  la cual se fundamenta en la repetición de un estribillo o vuelta (simt: aa) y una mudanza (gusn: bbb ccc ddd eee...), a veces llevan un preludio (matla:aa).
de este modelo se desprende el zéjel (aa bbba ccca ddda...). La muaxahat estaba destinadas a ser cantada y se escribía en árabe, el zéjel, en cambio, se escribirá en dialecto andalusí.
4 Caracteres de escritura árabe.
5 La palabra “aljamiado” procede del vocablo árabe ‘aŷamî, que significa “aquello que no es árabe”.  Lingüísticamente este término hace referencia a toda lengua distinta de los dialectos árabes, y, en el caso de al-Andalus, a las lenguas romances habladas en la Península Ibérica por las comunidades musulmanas. // Stern,  entendiendo que el árabe, al igual que el hebreo, raramente registra en la escritura las vocales, logra descifrar lo que por mucho tiempo parecía sin sentido, así empieza a traducir una serie de jarchas que serán publicadas en la revista Al- Andalus. Sirvan los siguientes versos de ejemplo: وو ص ك 'وث' ث ك ووق ص 'بلادي د د / ح بها من قبل  / ن ن ث ر ث د ذ ر ز ل س بلدي ، [ky fr’ yw ’w  ky šyr’d d myby] / [ hbyby] / [nwn ty twlgš d myby] , Stern fácilmente los traduce; ¿Qué faré yo o qué  serád de mibi? / ¡ Habibi ! / ¡ No te  tolgas de  mibi!
6 Vid. el artículo de este autor  titulado “El enigma de las jarchas”, en Per Abbat: boletín filológico de actualización académica y didáctica Nº. 1, 2006, pp. 9-34.
7 Ibid. p. 10.

A sus ojos (Zéjel)

Hassan Habîb Hammed

A Tania Esther R.
   
Hoy he visto los más bellos
ojos, ¡dos negros destellos!

Cómo iba yo a imaginar
que llegaría a encontrar
dos Ojos que habré de amar
por la oscura luz en ellos.

Hoy he visto los más bellos
ojos, ¡dos negros destellos!

Ha puesto mi Señor, Dios,
de la perfección en pos,
toda la belleza en dos
místicos y eternos sellos.

Hoy he visto los más bellos
ojos, ¡dos negros destellos!

En aquella gran mujer
que Fortuna nombró Esther
(y esculpió en perfecto ser
de lacios, brunos cabellos).

¡Hoy he visto los más bellos
ojos, dos negros destellos!

La quinta rosa

Sergio Martínez Medina

Escribe ya el lapicero
este mío romancero.

Triste, como juglar canto.
Celeste nocturno manto
es testigo de mi llanto.
Hoy ha caído un aguacero.

Escribe ya el lapicero;
he aquí este romancero.

Este amor es mi templanza,
de mi alma esperanza.
Es un beso que abraza
de tu corazón el lucero.

Escribe ya el lapicero
éste, mi querer sincero.

Al mirarte, indecisa,
opaca está tu sonrisa:
¿Quién ha dejado ceniza
en el ardiente bracero?

Respondía, en la lejanía,
con dulce voz agitada,
una niña, que me veía
con sus ojos de gitana:

"Ha venido con palabras de amor
el hombre de los rasgos moros;
se ha ido, llegando el albor,
dejando mis cuartos solos...

¿Cuándo volverás con tus versos
dueño de las brillantes niñas?
¿Tendré que robarte tus besos,
mi uva de prohibidas viñas?”.


Recibe mi poesía (Zéjel)


Doraelia López Cerda


He compuesto una qasida
y un zéjel a mi querida.

Llego con gran sutileza
con amor y gentileza
he de borrar su tristeza
pues ella es mi consentida.

He compuesto una qasida
y un zéjel a mi querida.

Me acerco lentamente
con un paso titubeante
prolongando cada instante.
¡Quiero tenerla en mi vida!

He compuesto una qasida
y un zéjel a mi querida.

Para ti es este día
ven, amor… Ven y confía.
¡Recibe mi poesía
en ella te doy mi vida!




Refugio

Angélica Martínez  Coronel

El amor condena a una sumisión estúpida pero necesaria para que un hombre se sienta vivo. Recalcitrante y pérfido, el amor va engullendo poco a poco, todo lo torna asequible y con su aquiescencia se abren puertas a los lugares más inhóspitos o más placenteros jamás pisados, es exactamente ahí donde ella desea estar pero sabe que llegará a algún paraíso como esos hasta las calendas griegas .Conoce a los agiotistas y a los oligarcas del Creador,  no los calumnia ni los alaba, de hecho, si es que hiciera una venia, cuando se acerca a uno de ellos y lo enfrenta cara a cara, será solamente un intento por encontrar un ángulo cómodo para lanzarles, a sus pies con buen calzado, todo el esputo que su cuerpo permita , “Todos somos reclutas de Leva Divina si no, ¿por qué habemos tantos desertores?”.
Las prácticas voyeuristas le van tan bien como a la noche el día, la completan la constituyen la mantienen inmiscible, se mira imprevistamente en el espejo oval, retiene la imagen de su amante que prolonga la cópula con una meretriz que a ojo de todos es mejor que muchas otras mujeres, se siente pletórica, en el paroxismo del furor y… al volver a la imagen que de sí misma le muestra el espejo, mezquino vidrio azogado, se queda pasmada, siente que se condenará “la punición es inminente, pérfida, pérfido Señor…”. Entonces el anatema se convierte en el punto de fuga para trazar sus verdaderos deseos: ver un cadáver la mueve a comer palomitas de maíz, conservará sempiternamente el dedo del penúltimo de sus amantes “fetiche para el matrimonio”; ha estado bebiéndose la sangre del antepenúltimo idilio que experimentó, lo dejará exangüe; se le trastocan los órganos, hoy tiene un corazón que es un medio de pulmón y un hígado que es dos tercios de cerebro, no puede pronosticar las configuraciones viscerales para el día de mañana, le queda el sosiego de tener un riñón que es boca.
Descuella entre tanto mortal por dos cosas: número uno: es la más libre y número dos: es la más puta que además de estar enferma niega a Dios “vuelve tus ojos a esta humildísima apóstata inmaculada”.
Camina y va prodigando caricias, se muestra solícita ante los ampulosos sermones de los sacerdotes; lleva un caminar monocorde cuando se dirige al altar para pronunciar la primera lectura, en ese instante tiene la parsimonia del abogado que sabe que salvará a su criminal: cínica avara oportunista; dentro de un relicario guarda todo tipo de anticonceptivos “no vendrán más hijos de mi Padre”; las paredes marrón del confesionario al que asiste diariamente le conocen todas las noches de vigilia y cada uno de los días de lenitivos, café y pan tostado con mermelada de fresa.
Es indulgente con el tiempo, sabe que la cronología debería centrarse en el estudio de la genealogía de las canas y que hace muchos meses quiere besar un escorpión, así, con un poco de ponzoña en los labios irá a recitar las salmodias para los beatos de smoking y las vírgenes de minifalda que a todas horas encienden veladoras a la Sacratísima Píldora del Día Siguiente.
Para mañana le solicitará, a Él, una canonjía de las muchas que hay en el Averno, después de todo ella perdona a los pecadores lo que la Iglesia no les perdonará nunca: ser humanos.

Va


Rubén Torres

Te dormiste sin despertar anoche,
sin apagar las velas,
derramando baba cristalina,
cansada, dormida,
flor de luto y de lujuria.

Antes de salir del roce
de tus manos por la almohada
sucia, muda,
pena de montaña
en el fondo de tu boca.

Sin despertar al día,
sin voltear a verme,
sin callar el ruido de tu adentro invulnerable,
sin decirte. ¡Basta!

Te dormiste sin dormirte anoche.

Pasta desértica,  silencio
que consultas como el siempre conversar.
Blanca, pura,
sin dormirte te dormiste nunca.

***

Una paz, cristal del fruto de la noche, nada más que calma, calles, mares, lagos sin montaña, pero cayendo más y más a ese oscuro grito que del dormirse encarna, ver ventanas sin reverso, flores blancas, amarillos muros que rodean tu cuello, más y más.
Ese embudo túnel en que termina espejo.

Historias para la luz de Febrero Vol. 3

Lecumberry

14. Jaja, pendejos

Un vendedor de enciclopedias llega arrastrando los pies hasta su pequeño departamento. Entra en el baño y orina, jala la palanca y mira como el agua gira en el retrete y desaparece. La tubería hace un ruido extraño. Lo reconoce pero le ignora, porque necesita darse un baño urgente. Abre las dos llaves de la regadera, el sonido de nuevo. Abre la llave del lavamanos.
Puta madre, dice mirando su rostro desarreglado con puntitos negros cubriéndole las mejillas. Al día siguiente el agua no volverá. Hará lo posible por verse lo menos sucio. Advertirá el mismo semblante en todos los que le acompañen en su viaje por el metro, el micro y el metrobús. En la noche, al detenerse a beber algo en un bar de siempre se enterará de la noticia: CRISIS MUNDIAL, RESERVAS DE AGUA POTABLE AGOTADAS. Le importará un bledo. Pedirá dos derechos de tequila y gastará lo que le queda de dinero.
Más tarde, caminando por alguna calle -cualquier calle-, será derribado a batazos por un par de vándalos con uniforme de secundaria. Le hurgarán a él y a su maleta llena de conocimiento en doce tomos de razonables pagos mensuales. Antes de que un último batazo lo deje semiesparcido por el pavimento sus dientes mostrarán una roja sonrisa. -Me terminé la última- gritará muerto de la risa, orinando.

15. Pirómano celeste

En huelga por incumplimiento de contrato, el  arcángel San Gabriel termina en un bar de paredes rojas, extraños óleos y parafernalia del Blue Demon, cerca del centro de Aguascalientes. Se sienta en alguna de las mesas y pide a Hugo, el mesero, le traiga una botella de ron. No servimos a arcángeles, le dice el garzón de barba huraña y gafas, si nos cae reglamentos nos cierran el negocio.
Al día siguiente los feligreses hidrocálidos podrán leer en la tribuna libre edición roja: ARCÁNGEL ENLOQUECE Y QUEMA UN BAR DEL CENTRO DE LA CIUDAD, “…¡me negaron el servicio!…”, rezará el pie de foto del alado criminal maniatado por dos elementos enmascarados de la AFI. El suceso será tomado como bandera en la campaña de guerra contra el narco en los spots transmitidos a nivel nacional.
Puesto que Dios, el Vaticano, Gobernación y la Aseguradora Hidalgo omitirán el pago de los daños a propiedad privada, el local continuará funcionando sin el domo que protegía a los clientes de las inclemencias del tiempo; paredes y óleos lucirán azarosamente calcinados, lo que para algunos gratuitos comentaristas del arte abstracto resultará una novedad efímera; y el mandamiento seguirá intacto: temerás a reglamentos por encima de todas las cosas.




16. Mala memoria

¡Esto lo vi en Trainspotting! Gritó Fira, apoyando la espalda contra la frágil puerta, golpeada del otro lado por un mastodóntico refrigerador Mabe de color limón con la puerta mostrando una interminable hilera de afilados colmillos, soltando aterrorizantes alaridos semejantes a los de un leopardo o un T-Rex; ¡Basta!, ¡Es un lugar común!, ¡Lo vi en Trainspotting!
Cuando la puerta cayó  y el refrigerador se acercó dando de saltitos mientras ella lanzó un último llamamiento a la razón, su última súplica: ¡Yo ni siquiera me drogo! El refrigerador habría pensado varias veces en corregir a su confundida víctima: eso lo habría tenido qué ver en Requiem for a Dream, nunca en Trainspotting.
Pero quién era él para corregirla, resolvió mientras eructaba camino a la cocina para beber una soda después de haberla devorado. Se detuvo a medio camino y se sintió estúpido; la soda se había terminado ayer, pero qué tonto, se dijo dirigiendo sus saltitos al Oxxo a tres cuadras de ahí.

17. Puro Rock

Ella sólo quería rock. Pero la prueba de embarazo dio dos rayitas en lugar de una, le dieron un largo requinto en el último toquín. Con un problema tan grande en las entrañas, tras hablar con su gurú-mejor amigo que quiere con ella como en el comercial de Sprite, tras darle miles de vueltas al asunto e incluso tratar de calcular quién era el padre por medio de una muy peculiar aritmética, sólo pudo resolver una cosa: ella seguía queriendo sólo rock.
Fue a una tienda darketa en el centro, a donde siempre se paraba a bobear mirando con admiración la ropa multicolor y los brillantes piercings. Sin meditarlo mucho preguntó al nosferatesco dependiente, si él de casualidad, sabía como arreglar su problemilla. -¿Así que sólo quieres rock?-, le preguntó el melancólico muchacho bajando el volumen a su estéreo que tocaba una rola de Nightwish. Pues bien, había un tipo qué vendía una pastilla.
El precio era alto: se decía que el tipo te apuñalaba –nunca de muerte- a cambio de su alquímica solución. Recibía en un localucho del mercado 5 de mayo, en donde además tatuaban. Ella rompió su cochinito, robó algunos billetes de la cartera de su padre y se encaminó para allá. Igual y se hacía un tatuaje, ya de paso y viendo que no le cobrarían ni un solo centavo.

18. Plática incoherente escuchada en un bar

Sucedió en la fiesta del Tito. Yo no soy su amigo, nunca le hablé, pero me contó Mayra, amiga de una niña con un culototote a la que le dicen la Witzy, nunca supe porqué le decían así, lo único que supe de ella y eso de oídas, es que le gustaba el rock. Esa noche se supone que iban a jugar a la botella y a probar un poco de soda que había conseguido el Pikachu, el compa ricachón que puso su casa del campestre para el desmadre.
    Mayra me dijo que la fiesta se puso bien loca y que en algún momento terminó platicando con la Witzy de su problema mientras se echaban un tabaco afuerita, en la terraza de la casa del Pikachu. La Witzy le dijo que había ido a ver a un tipo que regalaba una pastilla en el mercado 5 de Mayo. Que para dártela te tenía que poner un cuchillazo en la panza y que ahí te ponía la pastilla, después pedías tu deseo y rezabas tres padres nuestros y listo.
   La Witzy le dijo a Mayra que lo que ella pidió fue puro rock para siempre. Mayra no se acuerda de lo demás pero de esa peda seguro han oído. Fue la misma noche que se terminó el agua del mundo y comenzamos a beber esta mierda que quién sabe de dónde saca el gobierno. Fue la misma noche que agarraron al arcángel quemando ese bar cerca de la expoplaza y que encontraron un refri lleno de muertos cerquita de la glorieta del Quijote.
   Dicen que la Witzy, se sentó en la mesa de billar del Pikachu y ahí, frente a los ojos de todos los pasadísimos dudes, abrió las patas y comenzó a parir. Algunas personas se fueron, otras se quedaron nomás mirando. Primero le salió el equipo: atriles, luces, cuatro tipos gordos de staff, algunas lonas, un chingo de amplis y bocinotas de esas que les dicen ballenas y al final, una consola y un tipo para manejarla, al que todo mundo llamaba “el Fish”.
   A mi lo que se me hace perro que haya parido es la bataca, ¡nomás imagínate un platillo saliéndole por la araña!… ¿y luego un bombo?, ¿y si era doble? ¡Tsss!, no manches. Al final salieron ellos. Casi nadie los reconoció. Excepto la misma Witzy y el primo del Pikachu, el Fabiolo que era fan. Afinaron cuerdas, probaron micros y dieron la noche más brutal que tierras hidrocálidas hayan visto en su persignada vida; ahí estaba Ozzy Osbourne, ahí estaba Black Sabbath.
   No, no mames. Dicen que al amanecer de la casa del Pikachu no quedaba ni madres. Dicen que todos los vecinos salieron huyendo del Campestre. Y dicen, carnal, que hubo unos weyes a los que se les ocurrió llevarse a la Witzy y mantenerla bajo llave un rato, a ver si paría algo más. Yo no sé si estas mamadas sean neta; lo que sé, es que me han dicho que hoy tocan los Sex Pistols, por eso estoy en este bar de mierda.    

Una política multiforme


Roberto Bolaños Godoy


José Ricardo Pérez Ávila, La política del silencio, Instituto Cultural de Aguascalientes, México, 2007, 61 pp. 


En una región geográfica como Aguascalientes, donde existe una escasa tradición en cuento fantástico, José Ricardo Pérez Ávila presenta una colección de cuentos ágiles e ingeniosos, prueba del constante trabajo al que su autor se ha sometido en este género en particular. La propuesta es interesante en varios sentidos, Pérez Ávila no sólo ha intentado desarrollar historias, si no un estilo propio, característico, de contundentes frases cortas y adjetivación enriquecedora. Por medio de estos recursos lleva cada trama a la redondez narrativa de manera efectiva y con ese buen sabor de boca con el que el lector debe quedarse.
Considerando lo relativamente joven que es el autor, el lector exigente se topará con cierto despliegue de recursos narrativos acertados e inteligentes, agradable sentido del humor, e incluso  interesantes juegos narrador-autor implícito. El lector casual, por otro lado, se llevará la sorpresa de adentrarse en el curioso mundo creado que el autor ha creado, donde coexisten dilemas cotidianos y amenas fantasías, infiernos personales e improbables Apocalipsis. Pérez Ávila presenta su inclinación por situaciones tan comunes en la vida, tan obvias, que sin embargo son aderezadas con la trasgresión de un hecho fantástico, a veces prodigioso, a veces atroz, sometiendo a sus personajes a situaciones terribles, de donde no siempre salen airosos.
         En todos los cuentos el estilo narrativo es constante sin llegar a ser plano, el autor intenta crear en cada uno de ellos una experiencia novedosa. No por nada se nos propone un singular índice con tres hilos conductores que en esencia mueven la totalidad del libro (“Viajes cancelados”, “Bienes raíces” y “Devoluciones”). Yo encuentro cuatro caminos claves para el libro, distintos a los que se plantean, o por lo menos más claros e identificables: monotonía y soledad en  “Frontera”, suerte de prólogo-narración; “Los pies magentas”, de prosa acelerada que muestra una cíclica e insoslayable prisión para el personaje; y “El abrazo” con importante irrupción de fantasía. De tinte sobrenatural en “Mal revelado” y “Más grande que Panamá”, un cuento sobre la culpa y la paranoia hacia una venganza fantasmal. Violencia en “Adiós, fauno” donde la muerte se manifiesta de modo totalmente realista, “Corazones Sagrados”, donde convergen varias vertientes ficcionales interesantes; y “Matando al Morrison” que sobresale por su argumento tan bien llevado hacia un final intrigante. Por último, los desbocadamente fantásticos como “Historia de un camino”, tal vez el cuento más sobresaliente del libro por la originalidad de su historia y los recursos narrativos puestos en escena; y “La era de don Chuy”, corto y muy original.
         Tras la lectura de los textos es posible percatarse de que las narraciones exentas de elementos fantásticos son excepciones. El libro como unidad se mueve alrededor de la fantasía, de lo sobrenatural, pero de una manera eficiente y única, que si Pérez Ávila se propuso tal cosa, lo logró.
Si bien La política del silencio no es un libro del todo equilibrado, ni mucho menos perfecto sí es una propuesta lo suficientemente atractiva para los seguidores -y los no tanto- de este género, el de la fantasía y lo sobrenatural. Con un volumen bien armado y sólido en su mayoría (pues algunos cuentos carecen de la fuerza de otros), es interesante ver en Pérez Ávila a un autor debutando en el no tan desarrollado terreno de la literatura de esta índole en nuestra región y del que es inevitable esperar mayor desarrollo y madurez de estilo en sus obras venideras, que por lo visto en éste, su primer volumen, seguramente no decepcionará en el futuro.